'BEATI MOURTI QUI IN DOMINIO MORIUNTUR' se lee en la entrada principal del cementerio de la ciudad de Cayambe.
Los visitantes no conocen el significado, pero el párroco Rafael Freire explica que quiere decir que son 'bienaventurados los que aquí descansan en paz'.
Ese descanso se ve hoy interrumpido por una ola de gente, que vestida de luto y tristeza se dispersa lenta y estrechamente por los pabellones del cementerio. El matiz de las flores y coloridos adornos de las tumbas, contrastan con el desconsuelo de algunos visitantes.
El suave murmullo de los que invierten tiempo engalanando los nichos, se mezcla con el disonante sonido de quienes no pierden los minutos y aprovechan para hacerse una “chauchita”. Por cinco dólares, Luis Quishpe ofrece la sutileza y suavidad de su pincel para renombrar las identificaciones y los epitafios. Con el pasar del tiempo, el detalle de las letras ha perdido su color.
Una vieja mochila, unos desgastados pinceles, una botella con agua y dos tarros de pintura son los instrumentos necesarios para el trabajo. Luis, de 40 años, a diferencia de quienes vinieron a homenajear a los difuntos, él aprovecha el 2 de Noviembre para ganarse unos “dolaritos”.
Este día parece una fiesta, una gran y silenciosa fiesta. Hay quienes visten sus mejores galas, los indígenas traen puesto su típico atuendo. La ocasión para el negocio es ideal. Aquí los innumerables puestos de comidas, los característicos vendedores de flores y estampitas de santos no pueden faltar.
Al contario de quienes están engalanados, Luis usa un desgastado jean y para no desentonar en el ambiente, una camiseta negra. Lleva más de tres horas pintando y arreglando las tumbas de familiares que no quiere hacer ese trabajo. “La gente se evita el compromiso de limpiar y arreglar, mientras tanto yo me gano unas moneditas”.
Para Susana Cajamarca, quien al regresar de España ha cambiando el termino “guagua” por “chaval” y su “chalina” por “pañuelo”, no es problema pagar cinco dólares a Luis por su trabajo.
La creciente hierva refleja el abandono de los seis años que Susana no visitó la tumba de su hijo. Tras el hecho que marcaría su vida, partió a España y desde entonces no volvió.
Mientras Luis, con una pequeña espátula, retira los escombros, Susana cuenta que “Marquito”, como se llamaba su niño de 8 años, murió de una fuerte infección intestinal. Vivían juntos y tras quedarse sola, partió a Madrid a vivir con su prima. “No podía con la pena, todo me recordaba a mi chiquito”.
Susana un tanto meditabunda observa la tumba de su hijo y Luis esmeradamente sigue en su trabajo. La olla de papas, el pan fresco y el dulce aroma de la colada morada es fácilmente perceptible. Los indígenas no han perdido la tradición de llevar comida a sus difuntos.
Tras rezar un Padre Nuestro y un Avemaría, disfrutan gustosos del cuy.
José Lanchimba, quien espera su ración de colada junto a la tumba donde trabaja Luis, cuenta que en su familia la tradición de ir al cementerio y comer ahí es muy importante.
Esto representa el respeto y cariño hacia los difuntos, más aún al tratarse de su padre, quien murió hace 15 años. “A mi padrecito creo que lo brujearon, paso casi dos semanas con temperatura y sin comer, no sabíamos lo que tenía, ningún doctor le pudo curar,” recuerda.
A pesar de que Luis no está ahí para llorar muertos, tampoco se ha librado de la tragedia. “Mi padre murió de viejito, aguantó 85 años, descansó en paz. Una noche se durmió y al otro día ya no despertó.”
Mientras sigue ofertando su trabajo por los corredores del cementerio, se detiene y observa. Es el nicho de su padre, paradójicamente está abandonado, las flores secas rodean un nombre ya casi ilegible.
Una vieja mochila, unos desgastados pinceles, una botella con agua y dos tarros de pintura son los instrumentos necesarios para el trabajo. Luis, de 40 años, a diferencia de quienes vinieron a homenajear a los difuntos, él aprovecha el 2 de Noviembre para ganarse unos “dolaritos”.
Este día parece una fiesta, una gran y silenciosa fiesta. Hay quienes visten sus mejores galas, los indígenas traen puesto su típico atuendo. La ocasión para el negocio es ideal. Aquí los innumerables puestos de comidas, los característicos vendedores de flores y estampitas de santos no pueden faltar.
Al contario de quienes están engalanados, Luis usa un desgastado jean y para no desentonar en el ambiente, una camiseta negra. Lleva más de tres horas pintando y arreglando las tumbas de familiares que no quiere hacer ese trabajo. “La gente se evita el compromiso de limpiar y arreglar, mientras tanto yo me gano unas moneditas”.
Para Susana Cajamarca, quien al regresar de España ha cambiando el termino “guagua” por “chaval” y su “chalina” por “pañuelo”, no es problema pagar cinco dólares a Luis por su trabajo.
La creciente hierva refleja el abandono de los seis años que Susana no visitó la tumba de su hijo. Tras el hecho que marcaría su vida, partió a España y desde entonces no volvió.
Mientras Luis, con una pequeña espátula, retira los escombros, Susana cuenta que “Marquito”, como se llamaba su niño de 8 años, murió de una fuerte infección intestinal. Vivían juntos y tras quedarse sola, partió a Madrid a vivir con su prima. “No podía con la pena, todo me recordaba a mi chiquito”.
Susana un tanto meditabunda observa la tumba de su hijo y Luis esmeradamente sigue en su trabajo. La olla de papas, el pan fresco y el dulce aroma de la colada morada es fácilmente perceptible. Los indígenas no han perdido la tradición de llevar comida a sus difuntos.
Tras rezar un Padre Nuestro y un Avemaría, disfrutan gustosos del cuy.
José Lanchimba, quien espera su ración de colada junto a la tumba donde trabaja Luis, cuenta que en su familia la tradición de ir al cementerio y comer ahí es muy importante.
Esto representa el respeto y cariño hacia los difuntos, más aún al tratarse de su padre, quien murió hace 15 años. “A mi padrecito creo que lo brujearon, paso casi dos semanas con temperatura y sin comer, no sabíamos lo que tenía, ningún doctor le pudo curar,” recuerda.
A pesar de que Luis no está ahí para llorar muertos, tampoco se ha librado de la tragedia. “Mi padre murió de viejito, aguantó 85 años, descansó en paz. Una noche se durmió y al otro día ya no despertó.”
Mientras sigue ofertando su trabajo por los corredores del cementerio, se detiene y observa. Es el nicho de su padre, paradójicamente está abandonado, las flores secas rodean un nombre ya casi ilegible.
Para justificar el descuido, Luis expresa que después de muertos, ya nada tiene sentido. “Todo es en vida, como dice la canción. Después de muertos ya para qué, ahí todo se ha de quedar", señala entre risas.
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