miércoles, 25 de noviembre de 2009
















Cementerio de la ciudad de Cayambe
Los visitantes engalanando las tumbas de sus difuntos

viernes, 20 de noviembre de 2009

EL LUGAR DEL ETERNO DESCANSO





'BEATI MOURTI QUI IN DOMINIO MORIUNTUR' se lee en la entrada principal del cementerio de la ciudad de Cayambe.
Los visitantes no conocen el significado, pero el párroco Rafael Freire explica que quiere decir que son 'bienaventurados los que aquí descansan en paz'.

Ese descanso se ve hoy interrumpido por una ola de gente, que vestida de luto y tristeza se dispersa lenta y estrechamente por los pabellones del cementerio. El matiz de las flores y coloridos adornos de las tumbas, contrastan con el desconsuelo de algunos visitantes.
El suave murmullo de los que invierten tiempo engalanando los nichos, se mezcla con el disonante sonido de quienes no pierden los minutos y aprovechan para hacerse una “chauchita”. Por cinco dólares, Luis Quishpe ofrece la sutileza y suavidad de su pincel para renombrar las identificaciones y los epitafios. Con el pasar del tiempo, el detalle de las letras ha perdido su color.
Una vieja mochila, unos desgastados pinceles, una botella con agua y dos tarros de pintura son los instrumentos necesarios para el trabajo. Luis, de 40 años, a diferencia de quienes vinieron a homenajear a los difuntos, él aprovecha el 2 de Noviembre para ganarse unos “dolaritos”.
Este día parece una fiesta, una gran y silenciosa fiesta. Hay quienes visten sus mejores galas, los indígenas traen puesto su típico atuendo. La ocasión para el negocio es ideal. Aquí los innumerables puestos de comidas, los característicos vendedores de flores y estampitas de santos no pueden faltar.
Al contario de quienes están engalanados, Luis usa un desgastado jean y para no desentonar en el ambiente, una camiseta negra. Lleva más de tres horas pintando y arreglando las tumbas de familiares que no quiere hacer ese trabajo. “La gente se evita el compromiso de limpiar y arreglar, mientras tanto yo me gano unas moneditas”.
Para Susana Cajamarca, quien al regresar de España ha cambiando el termino “guagua” por “chaval” y su “chalina” por “pañuelo”, no es problema pagar cinco dólares a Luis por su trabajo.
La creciente hierva refleja el abandono de los seis años que Susana no visitó la tumba de su hijo. Tras el hecho que marcaría su vida, partió a España y desde entonces no volvió.
Mientras Luis, con una pequeña espátula, retira los escombros, Susana cuenta que “Marquito”, como se llamaba su niño de 8 años, murió de una fuerte infección intestinal. Vivían juntos y tras quedarse sola, partió a Madrid a vivir con su prima. “No podía con la pena, todo me recordaba a mi chiquito”.
Susana un tanto meditabunda observa la tumba de su hijo y Luis esmeradamente sigue en su trabajo. La olla de papas, el pan fresco y el dulce aroma de la colada morada es fácilmente perceptible. Los indígenas no han perdido la tradición de llevar comida a sus difuntos.
Tras rezar un Padre Nuestro y un Avemaría, disfrutan gustosos del cuy.
José Lanchimba, quien espera su ración de colada junto a la tumba donde trabaja Luis, cuenta que en su familia la tradición de ir al cementerio y comer ahí es muy importante.
Esto representa el respeto y cariño hacia los difuntos, más aún al tratarse de su padre, quien murió hace 15 años. “A mi padrecito creo que lo brujearon, paso casi dos semanas con temperatura y sin comer, no sabíamos lo que tenía, ningún doctor le pudo curar,” recuerda.
A pesar de que Luis no está ahí para llorar muertos, tampoco se ha librado de la tragedia. “Mi padre murió de viejito, aguantó 85 años, descansó en paz. Una noche se durmió y al otro día ya no despertó.”
Mientras sigue ofertando su trabajo por los corredores del cementerio, se detiene y observa. Es el nicho de su padre, paradójicamente está abandonado, las flores secas rodean un nombre ya casi ilegible.
Para justificar el descuido, Luis expresa que después de muertos, ya nada tiene sentido. “Todo es en vida, como dice la canción. Después de muertos ya para qué, ahí todo se ha de quedar", señala entre risas.

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miércoles, 11 de noviembre de 2009


“ME JUBILO Y ME DOY LA GRAN VIDA”
“Me jubilo y me doy la gran vida.” Estas fueron las últimas palabras que Eduardo Sánchez escuchó de su amigo Luis Erazo; si tan solo Eduardo habría sabido que un día después lo dejaría para partir a mejor vida, él no habría tomado con humor esas palabras.
El desayuno estaba listo. El suave y fresco pan, la taza de café caliente y una esposa amorosa aguardaban en la antigua mesa de comedor, la que por su aspecto tendría los mismos años que el matrimonio Erazo-Mendez. El reloj marcaba las 6:30, era hora de salir al trabajo. Luis Erazo vestía su habitual uniforme; el distintivo pantalón jean y la chaqueta del mismo color, sus botas negras con punta de acero y aquella gorra azul con el sello de la Empresa eléctrica de Cayambe, la que protegía su rostro de los penetrantes rayos del sol cuando su mañana transcurría en lo alto de un poste de luz.
Quién habría imaginado que un lunes 19 de octubre, un día normal para quienes en esa fecha no cumplen años y para quienes el calendario simplemente así lo indica; se convertiría en una mañana que la familia Erazo jamás olvidará, una mañana que marcaría sus vidas.
El trabajo en la Empresa Eléctrica marchaba normal, informes de apagones y lo usual; sin embargo una simple llamada cambiaría el rumbo de las cosas, una llamada que para Eduardo Sánchez no era más que el “anuncio de la muerte”.
Un inconveniente había surgido en la comuna de San Esteban en la parroquia de Isidro Ayora. La explosión de los transformadores en un poste había dejado sin luz a los moradores .
La unidad de electricistas se dirigieron al lugar, ahí estaba Erazo, quien a sus 65 años aún tenía la misma energía para subirse a los postes como cuando lo hacía hace muchos años .Aunque su labor ya no era la de reparación, la inasistencia de uno de los electricistas de la empresa, le obligo a cumplir con una función que ya no le correspondía.
Su peculiar sentido del humor, el ímpetu con el que trabajaba hacían de él una persona única, un gran compañero, “nunca faltaban sus bromas mientras laborábamos, una vez me hiso reír tanto que no podía sostenerme bien del poste” .Con una sonrisa y un suspiro de resignación el Ing. Cárdenas relata lo sucedido. “Él ya no tenía que hacer ese trabajo, lo hizo porque fue una persona responsable “.
El radiante sol iluminaba la majestuosidad del Cayambe. Eran las 10:30 y en el destacamento del cuerpo de Bomberos de la ciudad, se informó de una persona electrocutada, en la parroquia de Ayora, la unidad de auxilio inmediatamente salió al rescate.
La potencia de la electricidad mató a Luis; mientras él arreglaba el inconveniente del poste, los generadores de luz fueron encendidos sin imaginar que Erazo aún no terminaba su trabajo. Su muerte fue instantánea, la electricidad penetró su brazo derecho, ingresó por todo su cuerpo y salió por su pie izquierdo ocasionándole su muerte.
El cuerpo yacía en la calle durante una hora, la Policía no llegaba al lugar del accidente por lo que no podían hacer el levantamiento del cadáver. Los testigos mencionaron que por la negligencia de la policía, Erazo permaneció durante una hora aproximadamente en el lugar
Su familia nunca podrá olvidar, aquella mañana en la que como todos los días salía a su trabajo con su característico uniforme jean.
Fausto Hidalgo uno de sus conocidos, manifiesta que Erazo estaba por jubilarse faltaban pocas semanas para salir. “Nos daremos la gran vida, nos pasearemos y ahí sí; puedo morir tranquilo”.
Esas palabras se transformaron en realidad, poco le faltaba para jubilarse y darse la “gran vida”, pero sus planes fueron estropeados por la inesperada presencia de la muerte.



Heróes del Silencio,Bunbury íconos del rock.


“En sus ojos apagados hay un eterno castigo, el héroe de leyenda pertenece al sueño de un destino.”Así reza el coro de la canción, que para aquel niño de siete años marcaría el punto de partida de una generación que adoptaría como ícono de la música rock a este grupo musical Héroes del Silencio.
Aún era muy pequeño, pero Ángel Egas nunca olvidará cuando en la habitación de su hermano retumbaba una melodía que por su ritmo instantáneamente atrajo su atención. Esa fue la primera vez que escuchó la canción “Héroe de Leyenda” del ya extinto grupo musical Héroes del Silencio. Desde su afición fue determínate.
El ocaso de la tarde se acerca y en las afueras del Ágora de la casa de la Cultura, los fanáticos de Enrique Ortiz de Landázuri Izardui más conocido como Enrique Bunbury,quien años atrás fue vocalista de este grupo de rock; ansiosos esperan la hora en la que sus voces pudieran recitar la canción “Alicia expulsada del país de las maravillas”. La emoción es evidente, los concurrentes visten de negro, pantalones vaqueros muy ceñidos al cuerpo, camisetas estampadas con la imagen del artista y chaquetas cortas de cuero, muy similares a las que él cantante utiliza.
Ángel tiene veinte años y la música de este grupo de rock en su familia ha sido escuchada más de una década. Primero fue su hermano, Fausto que desde hace unos años escuchaba “Maldito Duende”,”El mar no cesa” y uno de los más conocidos discos “Avalancha”. Poco después Cuando el grupo se desintegró, escucho a Bunbury como solista.
Fausto y Ángel crecieron con este leyenda del rock, aunque su diferencia de 15 años aproximadamente, la afición por este grupo los ha unido, razón por la que hoy se encuentran en las afueras del Ágora, ávidos por en vivo a su ídolo rockero.
La espera parece agonizante para quienes ya quieren ingresar, algunos se entretienen observando videos en su celular y comentando sobre lo “increíble” que canta Enrique. Por otro lado para refrescar de del calor de la capital, una “cervecita no les viene nada mal”. No pueden faltar los comerciantes, quienes al ver la emoción de los asistentes venden a 15 dólares las camisetas estampadas con la imagen de la gira de Bunbury.
El atuendo extraño de un par de hombres altos atrae la atención, es inevitable dejar de observar, su colorida túnica, el peculiar turbante que llevan en su cabeza, el color de su piel trigueña y la espesa barba que esconde su quijada evidencia que son extranjeros, con mayor exactitud son musulmanes.
Su presencia es el contraste de quienes estás ahí, no solo en el aspecto físico sino también en el aspecto cultural. Quién habría imaginado que el rock, Los Héroes del Silencio y en especial Bunbury tuvieran tanta influencia en personas culturalmente diferentes. Con un tono un tanto gracioso por el acento de un idioma extranjero entonan el de “Que tengas suertecita, lo que provoca una sonrisa de quienes lo escuchan.
El tiempo transcurre lento para quienes esperan, las personas acuden con más afluencia. En exactamente una hora las puertas del ágora se abrirán para quienes van a disfrutar de este concierto. Un joven totalmente ilusionado cuenta que conoció a Bunbury en hotel que se hospedaba. Para confirmar su relato Paúl Andrade muestra orgulloso el autógrafo de su artista.
Ángel aquel joven de cabello largo y negro, junto con su hermano Fausto, quien llévala misma moda del cabello largo, emocionados toman fotografías y recuerdan cómo Héroes del Silencio influyó en sus vidas, desde muy joven Fausto quería ser como uno de los integrantes del grupo. Desde que tenía veinte años él llevaba el cabello largo y trataba de imitar la vestimenta de Bunbury. Ángel por su aspecto refleja la misma admiración que tenía su hermano por el grupo.
El flash de las cámaras se ve constantemente, las fotografías serán un recuerdo que perdurará para siempre, un recuerdo de amistades creadas en las aceras de la calle plasmadas en imágenes.
La separación de este grupo dejó a algunos rockeros desilusionados, pero Enrique Bunbury se convirtió en el personaje que mantendría con su voz, viva la historia de Héroes del Silencio.
Son exactamente las 18:15, las puertas del Ágora se abren e ingresan ordenadamente; aunque faltan algunas horas para que inicie el concierto, Ángel no puede esperar para cantar las canciones del álbum promocional “Helville de Luxe”. En su rostro se ve la emoción que siente, abraza a su hermano, su sueño desde pequeño era ver al vocalista de su grupo favorito y hoy tiene la ventaja de verlo como solista y esto se lo debe a su hermano Fausto quien le compró la entrada.
Al entrar, Ángel y Fausto corean la canción que hace honor a su autor, “Soy el hombre delgado que no flaqueara jamás.”